Wembley y Barça se juran amor eterno

Corrían tiempos de esplendor para Barcelona allá por 1992. El mundo miraba con recelo hacia la Ciudad Condal, sede de los Juegos Olímpicos a ritmo de “Amigos para siempre”. El título de la canción era el fiel reflejo de una relación que el majestuoso estadio londinense y el conjunto liderado por Johan Cruyff entrelazarían para el resto de sus vidas. Los culés conquistaban su primera Copa de Europa en un marco incomparable. Hoy, diecinueve años después, se juran amor eterno. Pocos vatinicaban el legado que dejaría Koeman con aquel agónico gol que otorgaba la primera de las glorias al barcelonismo. El derechazo del holandés en la prórroga destapaba el tarro de las esencias que hoy continúa derrochando un equipo irrepetible, continuísta de un balompié que Cruyff se encargó personalmente de bienatar de cara a las generaciones venideras. Una filosofía que simboliza la excelencia de aquel Dream Team que conquistó el cielo londinense hace casi dos décadas. Una gloria que Wembley, escenario romántico del barcelonismo para siempre, devolvía al conjunto de Pep Guardiola en forma de recital y opositando, si no lo había hecho antes, a convertise en el mejor conjunto de la historia del fútbol.Messi, tras marcar un golazo. (EFE)

Fugaces aparecían las reminiscencias en la cabeza del barcelonismo. Nervios entremezclados con ilusión rememoraban la final de Roma de hace dos años. Mismo rival, mismos lapsus. Por entonces, el Barcelona sufría en los primeros compases. En Londres, tres cuartos de lo mismo. Los de Pep no se encontraba por ningún lado, mérito inequívoco de un Manchester que convertía su fútbol en una presión asfixiante a partir de tres cuartos de campo. Pero no tardó Ferguson en darse cuenta del gran desgaste al que estaba llevando a sus futbolistas y decidió plantar el equipo diez metros por delante de su área. No presionaban ni tan adelante ni tan atrás. Se conjuraban en el intento de robar el esférico y meter mano al Barcelona de la única manera factible, canalizando contraataques diabólicos encabezados por un Rooney incansable. A partir de entonces, el conjunto de Pep Guardiola comenzó a vivir muy cómodo. La mirada atrás constituía el fiel reflejo de la eterna seguridad. Valdés y Mascherano transmitían la confianza a un equipo que se encargaría de mirar hacia adelante única y exclusivamente. Villa se convertía en un jugador hambriento. Tenía ganas de sentir la rutina barcelonista, hábito de ganar, costumbre de conquistar títulos por doquier. El asturiano sería el mensajero del peligro constante de su equipo a través de dos disparos que lamían el palo izquierdo de Van Der Sar.

Sin embargo, las genialidades están reservadas para los maestros. Y uno de ellos es Xavi Hernández, capaz de aparecer en milésimas de segundo y enviar un pase colosal a Pedro, que definía hacia el lado izquierdo de Van der Sar con la templaza de un veterano asiduo en este tipo de batallas. El tinerfeño, que ha convetido frente a Shaktar, Estudiantes y Manchester, se abre hueco entre los grandes goleadores de la historia culé y de paso, se licencia en el bello sueño de todo niño futbolero: marcar goles en momentos decisivos.La gran final de Wembley, en imágenes

Pese a ello, la alegría culé se extendería durante siete minutos. El tiempo que Rooney quiso, vaya. El delantero inglés, omnipresencia del United durante todo el encuentro, se guisaría y comería un gol tras un saque apresurado de Abidal y una pérdida estúpida de Villa en el medio del campo. El hombre más importante de los diablos rojos se asociaría con Giggs para enviar un obús imparable dirigido a la portería de Víctor Valdés. El partido se dormiría hasta llegar a un respiro necesario para ambos.

No despertaría el conjunto inglés en la segunda mitad. El Barcelona tenía margen suficiente para sentirse aún más cómodo. Le tocaba el turno a Messi. El argentino campaba a sus anchas por el verde de Wembley. Preámbulo de una genialidad de Leo, Dani Alves erraría ante Van Der Sar una de las ocasiones más claras del encuentro. El portero holandés se eregía en el mejor hombre de su equipo evitando una goleada que se antojaba estratosférica. Amarga despedida para una leyenda en forma de guardameta, que no pudo evitar una genialidad del astro argentino cuando éste, armando la pierna como pocos, enviaría un disparo seco al fondo de las mallas inglesas.

No cesaba el calvario para el United, mero espectador de una obra de arte sibilina, en forma de pases perfectamente hilvanados por parte del Barcelona. Villa se desquitaría, en el 69, de los malos ratos que tuvo que pasar al no ver puerta en el último tramo de temporada. El asturiano, en un ejericio de clase y precisión, ajustaba a la escuadra una obra de arte imparable para Van der Sar, a través de un toque tan sutil como efectivo. La fiesta se adelantaba. Con el Barça ya como virtual campeón, Guardiola decidió homenajear a uno de sus maestros. El de Santpedor le mandó un guiño de ojo a Johan Cruyff, introduciendo al capitán Puyol en los últimos compases como lo hiciera el entrenador holandés allá por 1992 con Alexanco.

Al final, bajo el mismo nombre pero en distinto escenario, el Barcelona se enamoraba de Wembley y Wembley se enamoraba del Barcelona. La amistad iniciada en 1992 se convertía en un amor que perdurará para siempre.

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1 comentario

Archivado bajo Fútbol análisis

Una respuesta a “Wembley y Barça se juran amor eterno

  1. Luisgarcia

    Muy bien el análisis de la final

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