Mourinho resucita al madridismo

Complicado se antoja explicar lo sucedido el miércoles en Mestalla. Con dificultad es factible reflejar cada milímetro de sentimiento, cada decibelio de emoción, cada lágrima de alegría. El bipartidismo tan criticado en nuestro campeonato se erigió ayer en una oda al fútbol, en un monumento al balompié más intenso. El Madrid, por fín, dio un paso al frente y se rebeló ante el  todopoderoso dictador del fútbol mundial . Tuvo suficientes agallas para marcar los límites y que no se convirtiera aquello en la enésima marcha triunfal del excelso ejército culé.

Y tuvo que venir Mourinho para que el madridismo volviera a paladear ese inconfundible sabor, dulce, muy dulce, que se produce cuando se ganan títulos. Tuvo que ser el portugués, rebelde por naturaleza, el encargado de arrebatar, de un plumazo, dos de los valores que más encarnaban, al menos hasta el verano pasado, la filosofía madridista. El primero de ellos, el señorío. A Mourinho no le gusta la parafernalia de la caballerosidad. Prefiere no callarse, elige no respetar. El prestigio no importa. Y el segundo, la excelencia. El portugués es efectivo y resultadista. Pocos casos en el fútbol se habrán visto parecidos al Madrid de Mou. Con siete defensas sobre el verde de Mestalla es capaz de rentabilizar a las mil maravillas un sólo tanto y crear más ocasiones de gol que los hombres de Pep. Curioso pero real.

Al descubierto quedaron varias cartas en la primera mitad. Una de ellas fue el planteamiento ultradefensivo del entrenador de Setúbal. Xabi Alonso, Pepe y Kedhira salían a batallar ultramotivados y pelín marrulleros. Sin embargo, el trivote que tanta fama se adjudicó en las últimas semanas se convertía en dos pivotes, redoblando esfuerzos casi de manera contínua. Y es que el alemán, que ni aportaba ni dejaba de aportar, era un mendigo divagando por el césped de Mestalla.

Perfectamente visible era la incomodidad de un Barcelona acostumbrado a dominar el ambiente. La presión rival, tan efectiva como asfixiante, hacía que Xavi e Iniesta sudaran la gota gorda para encontrar la rendija adecuada. Y mientras, el Madrid a lo suyo. El césped, excesivamente húmedo, favorecía a los madridistas. Paradógico. Las bandas eran el activo más preciado de los de Mourinho, aprovechando la rapidez del balón y las piernas de Di María, que se batió en un precioso e inolvidable duelo con Dani Alves. La bisagra que Mou buscaba para su equipo se llamaba Özil. Apagado y ramplón, el internacional germano estuvo gris a pesar de atinar con dos pases que pudieron adelantar al Madrid. Y así se sucedían las ocasiones más claras para los blancos. Primero Cristiano, que veía como su disparo lo repelía Adriano en boca de gol y después Pepe, a través de un cabezazo que rechazaba la madera, eran los autores potenciales de dos dianas que podían otorgar una tranquilidad exquisita al conjunto de Chamartín.

Sin embargo, la contraargumentación de la primera parte se hizo efectiva en el segundo período. El Barça comenzó a ser el Barça, quizá por un bajón físico que los madridistas acusaron en demasía. A partir de entonces, Iniesta y Xavi se movieron como gamos en campo abierto. Los huecos aparecían, Pedro martirizaba a Arbeloa y Messi campaba a sus anchas. Le daba igual por la derecha que por el centro. El argentino convertía en un infierno los quince metros que separaban las dos primeras líneas del Madrid. Y entonces apareció Casillas. El portero se eregía en el último gran muro del Madrid. Alli chocaban colosos como Messi, de vaselina, Pedro, al que previamente se le había anulado un gol en fuera de juego,e Iniesta, que probaba fortuna desde el perímetro del área. Todos menos Villa. El Guaje jamás se encontró. No atinaba, ni siquiera se mostraba. Y mientras le quemaba el balón en los pies, el Madrid ansiaba el minuto noventa, ansiaba calma y sosiego. Sin embargo, sería Di María, con el partido agonizando, el encargado de inyectar la moral suficiente como para encarar una prórroga que se vislumbraba en el horizonte. Un disparo envenenado del argentino hizo que Pinto estirase hasta el último de sus músculos para abortar un gol cantado.

Reveladora era la imagen al final del partido. Dos colosos, dos antagonismos abrazados a escasos quince metros de separación. Dos piñas inquebrantables en torno a dos filosofías diferentes. Pep y Mou  profesaban las últimas consignas para intentar salir victorioso de un duelo magestuoso.

El cansancio hacía mella. En todos menos en Cristiano Ronaldo. El portugués, que no estuvo pero si se le esperó, corría y corría. Hasta que una conexión entre Marcelo y Di María en la banda izquierda terminaría con un centro exquisito del argentino, dirigido milimétricamente hacia la cabeza de Cristiano, que haría recordar las noches más gloriosas del madridismo emulando a Santillana, elevándose al cielo de Mestalla y conectando un cabezazo inapelable para Pinto.

A partir de entonces, y con veinte minutos por delante, las prisas se apoderaron del Barcelona. Mourinho se volvía aún más Mourinho y Pep, a la desesperada, colocaba a Alves de extremo y adelantaba a Piqué.  La suerte no le sonrío al de Santpedor, cansado de ganar y de no sufrir. Con el pitido final la lógica se iba por la borda, el Madrid ganaba un título después de cinco años y Mourinho resucitaba una sensación olvidada.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Fútbol análisis

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s