Amargura, paciencia y fé

Carles Puyol estaba hundido. El partido que perfectamente bregó el Barça el martes suponía el choque ideal para él. Lucha, fuerza y épica se antojaban seguras. Lo cierto es que, probablemente, la noche de anteayer hubiese sido una de las más placenteras para el capitán culé. Sufría de lo lindo en la grada y sin pensar que sus dotes como filósofo estaban perfectamente encaminadas. Premonitoria resultó la frase con la que él mismo definió su inmensa decepción por no estar esa noche: “La paciencia es amarga, pero su fruto dulce”. Y la dulzura le llegó a su equipo cuando Busacca pitó el final de noventa y trés minutos cargados de paciencia, amargura y fé, mucha fé. 

El Barça demostró que tiene caparazón para muchos años. Los equipos que visitan el Camp Nou pocas veces tienen plan B. Le ocurrió al rácano de Wenger. Malabaristas como Nasri, Rosicky, Van Persie o Cesc no tuvieron otro remedio que vestirse con el mono de trabajo y bregar en la primera línea de combate. Pero el Barça aniquila con una profundidad exquisita. No importa que la línea del fuera de juego se sitúe cinco o diez metros fuera del área, o que Almunia tenga su noche. Eso sí, la paciencia para hilvanar jugadas lentas y duraderas solo la tiene el Barça.

La entereza también define a un Barça superlativo. Sobreponerse a un gol en propia meta y vislumbrar fantasmas de antaño no tiene que ser fácil. El espíritu de Mourinho sobrevolaba lentamente el Camp Nou, con un Wenger rebelde, con Van Persie expulsado y con un Arsenal extremadamente defensivo. Pero la amargura permite entrever, por una rendija muy pequeña, la luz de la felicidad. En ocasiones esa rendija es tan pequeña que los equipos pierde la fé. No le ocurre al Barcelona. Pep Guardiola, sufridor silencioso por su latosa hernia discal, se encarga de hacer esa rendija cada vez más grande a través de enormes brazadas de confianza. De mover las impenetrables montañas del Arsenal con ilimitadas cantidades de fé. De fallar ocasiones clamorosas y volver a intentarlo. De errar goles a puerta vacía y seguir insistiendo.

Así es este Barcelona, capaz de lo bueno y de lo extraordinario. De convertir lo injusto en  justo, de lograr encandilar al mundo del fútbol a través de la excelencia, tanto con los pies como con la mente. De hacer disfrutar a una afición que contará a sus generaciones venideras que tuvieron el privilegio de contemplar al mejor equipo de la historia.

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