Wembley y Barça se juran amor eterno

Corrían tiempos de esplendor para Barcelona allá por 1992. El mundo miraba con recelo hacia la Ciudad Condal, sede de los Juegos Olímpicos a ritmo de “Amigos para siempre”. El título de la canción era el fiel reflejo de una relación que el majestuoso estadio londinense y el conjunto liderado por Johan Cruyff entrelazarían para el resto de sus vidas. Los culés conquistaban su primera Copa de Europa en un marco incomparable. Hoy, diecinueve años después, se juran amor eterno. Pocos vatinicaban el legado que dejaría Koeman con aquel agónico gol que otorgaba la primera de las glorias al barcelonismo. El derechazo del holandés en la prórroga destapaba el tarro de las esencias que hoy continúa derrochando un equipo irrepetible, continuísta de un balompié que Cruyff se encargó personalmente de bienatar de cara a las generaciones venideras. Una filosofía que simboliza la excelencia de aquel Dream Team que conquistó el cielo londinense hace casi dos décadas. Una gloria que Wembley, escenario romántico del barcelonismo para siempre, devolvía al conjunto de Pep Guardiola en forma de recital y opositando, si no lo había hecho antes, a convertise en el mejor conjunto de la historia del fútbol.Messi, tras marcar un golazo. (EFE)

Fugaces aparecían las reminiscencias en la cabeza del barcelonismo. Nervios entremezclados con ilusión rememoraban la final de Roma de hace dos años. Mismo rival, mismos lapsus. Por entonces, el Barcelona sufría en los primeros compases. En Londres, tres cuartos de lo mismo. Los de Pep no se encontraba por ningún lado, mérito inequívoco de un Manchester que convertía su fútbol en una presión asfixiante a partir de tres cuartos de campo. Pero no tardó Ferguson en darse cuenta del gran desgaste al que estaba llevando a sus futbolistas y decidió plantar el equipo diez metros por delante de su área. No presionaban ni tan adelante ni tan atrás. Se conjuraban en el intento de robar el esférico y meter mano al Barcelona de la única manera factible, canalizando contraataques diabólicos encabezados por un Rooney incansable. A partir de entonces, el conjunto de Pep Guardiola comenzó a vivir muy cómodo. La mirada atrás constituía el fiel reflejo de la eterna seguridad. Valdés y Mascherano transmitían la confianza a un equipo que se encargaría de mirar hacia adelante única y exclusivamente. Villa se convertía en un jugador hambriento. Tenía ganas de sentir la rutina barcelonista, hábito de ganar, costumbre de conquistar títulos por doquier. El asturiano sería el mensajero del peligro constante de su equipo a través de dos disparos que lamían el palo izquierdo de Van Der Sar.

Sin embargo, las genialidades están reservadas para los maestros. Y uno de ellos es Xavi Hernández, capaz de aparecer en milésimas de segundo y enviar un pase colosal a Pedro, que definía hacia el lado izquierdo de Van der Sar con la templaza de un veterano asiduo en este tipo de batallas. El tinerfeño, que ha convetido frente a Shaktar, Estudiantes y Manchester, se abre hueco entre los grandes goleadores de la historia culé y de paso, se licencia en el bello sueño de todo niño futbolero: marcar goles en momentos decisivos.La gran final de Wembley, en imágenes

Pese a ello, la alegría culé se extendería durante siete minutos. El tiempo que Rooney quiso, vaya. El delantero inglés, omnipresencia del United durante todo el encuentro, se guisaría y comería un gol tras un saque apresurado de Abidal y una pérdida estúpida de Villa en el medio del campo. El hombre más importante de los diablos rojos se asociaría con Giggs para enviar un obús imparable dirigido a la portería de Víctor Valdés. El partido se dormiría hasta llegar a un respiro necesario para ambos.

No despertaría el conjunto inglés en la segunda mitad. El Barcelona tenía margen suficiente para sentirse aún más cómodo. Le tocaba el turno a Messi. El argentino campaba a sus anchas por el verde de Wembley. Preámbulo de una genialidad de Leo, Dani Alves erraría ante Van Der Sar una de las ocasiones más claras del encuentro. El portero holandés se eregía en el mejor hombre de su equipo evitando una goleada que se antojaba estratosférica. Amarga despedida para una leyenda en forma de guardameta, que no pudo evitar una genialidad del astro argentino cuando éste, armando la pierna como pocos, enviaría un disparo seco al fondo de las mallas inglesas.

No cesaba el calvario para el United, mero espectador de una obra de arte sibilina, en forma de pases perfectamente hilvanados por parte del Barcelona. Villa se desquitaría, en el 69, de los malos ratos que tuvo que pasar al no ver puerta en el último tramo de temporada. El asturiano, en un ejericio de clase y precisión, ajustaba a la escuadra una obra de arte imparable para Van der Sar, a través de un toque tan sutil como efectivo. La fiesta se adelantaba. Con el Barça ya como virtual campeón, Guardiola decidió homenajear a uno de sus maestros. El de Santpedor le mandó un guiño de ojo a Johan Cruyff, introduciendo al capitán Puyol en los últimos compases como lo hiciera el entrenador holandés allá por 1992 con Alexanco.

Al final, bajo el mismo nombre pero en distinto escenario, el Barcelona se enamoraba de Wembley y Wembley se enamoraba del Barcelona. La amistad iniciada en 1992 se convertía en un amor que perdurará para siempre.

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Mourinho resucita al madridismo

Complicado se antoja explicar lo sucedido el miércoles en Mestalla. Con dificultad es factible reflejar cada milímetro de sentimiento, cada decibelio de emoción, cada lágrima de alegría. El bipartidismo tan criticado en nuestro campeonato se erigió ayer en una oda al fútbol, en un monumento al balompié más intenso. El Madrid, por fín, dio un paso al frente y se rebeló ante el  todopoderoso dictador del fútbol mundial . Tuvo suficientes agallas para marcar los límites y que no se convirtiera aquello en la enésima marcha triunfal del excelso ejército culé.

Y tuvo que venir Mourinho para que el madridismo volviera a paladear ese inconfundible sabor, dulce, muy dulce, que se produce cuando se ganan títulos. Tuvo que ser el portugués, rebelde por naturaleza, el encargado de arrebatar, de un plumazo, dos de los valores que más encarnaban, al menos hasta el verano pasado, la filosofía madridista. El primero de ellos, el señorío. A Mourinho no le gusta la parafernalia de la caballerosidad. Prefiere no callarse, elige no respetar. El prestigio no importa. Y el segundo, la excelencia. El portugués es efectivo y resultadista. Pocos casos en el fútbol se habrán visto parecidos al Madrid de Mou. Con siete defensas sobre el verde de Mestalla es capaz de rentabilizar a las mil maravillas un sólo tanto y crear más ocasiones de gol que los hombres de Pep. Curioso pero real.

Al descubierto quedaron varias cartas en la primera mitad. Una de ellas fue el planteamiento ultradefensivo del entrenador de Setúbal. Xabi Alonso, Pepe y Kedhira salían a batallar ultramotivados y pelín marrulleros. Sin embargo, el trivote que tanta fama se adjudicó en las últimas semanas se convertía en dos pivotes, redoblando esfuerzos casi de manera contínua. Y es que el alemán, que ni aportaba ni dejaba de aportar, era un mendigo divagando por el césped de Mestalla.

Perfectamente visible era la incomodidad de un Barcelona acostumbrado a dominar el ambiente. La presión rival, tan efectiva como asfixiante, hacía que Xavi e Iniesta sudaran la gota gorda para encontrar la rendija adecuada. Y mientras, el Madrid a lo suyo. El césped, excesivamente húmedo, favorecía a los madridistas. Paradógico. Las bandas eran el activo más preciado de los de Mourinho, aprovechando la rapidez del balón y las piernas de Di María, que se batió en un precioso e inolvidable duelo con Dani Alves. La bisagra que Mou buscaba para su equipo se llamaba Özil. Apagado y ramplón, el internacional germano estuvo gris a pesar de atinar con dos pases que pudieron adelantar al Madrid. Y así se sucedían las ocasiones más claras para los blancos. Primero Cristiano, que veía como su disparo lo repelía Adriano en boca de gol y después Pepe, a través de un cabezazo que rechazaba la madera, eran los autores potenciales de dos dianas que podían otorgar una tranquilidad exquisita al conjunto de Chamartín.

Sin embargo, la contraargumentación de la primera parte se hizo efectiva en el segundo período. El Barça comenzó a ser el Barça, quizá por un bajón físico que los madridistas acusaron en demasía. A partir de entonces, Iniesta y Xavi se movieron como gamos en campo abierto. Los huecos aparecían, Pedro martirizaba a Arbeloa y Messi campaba a sus anchas. Le daba igual por la derecha que por el centro. El argentino convertía en un infierno los quince metros que separaban las dos primeras líneas del Madrid. Y entonces apareció Casillas. El portero se eregía en el último gran muro del Madrid. Alli chocaban colosos como Messi, de vaselina, Pedro, al que previamente se le había anulado un gol en fuera de juego,e Iniesta, que probaba fortuna desde el perímetro del área. Todos menos Villa. El Guaje jamás se encontró. No atinaba, ni siquiera se mostraba. Y mientras le quemaba el balón en los pies, el Madrid ansiaba el minuto noventa, ansiaba calma y sosiego. Sin embargo, sería Di María, con el partido agonizando, el encargado de inyectar la moral suficiente como para encarar una prórroga que se vislumbraba en el horizonte. Un disparo envenenado del argentino hizo que Pinto estirase hasta el último de sus músculos para abortar un gol cantado.

Reveladora era la imagen al final del partido. Dos colosos, dos antagonismos abrazados a escasos quince metros de separación. Dos piñas inquebrantables en torno a dos filosofías diferentes. Pep y Mou  profesaban las últimas consignas para intentar salir victorioso de un duelo magestuoso.

El cansancio hacía mella. En todos menos en Cristiano Ronaldo. El portugués, que no estuvo pero si se le esperó, corría y corría. Hasta que una conexión entre Marcelo y Di María en la banda izquierda terminaría con un centro exquisito del argentino, dirigido milimétricamente hacia la cabeza de Cristiano, que haría recordar las noches más gloriosas del madridismo emulando a Santillana, elevándose al cielo de Mestalla y conectando un cabezazo inapelable para Pinto.

A partir de entonces, y con veinte minutos por delante, las prisas se apoderaron del Barcelona. Mourinho se volvía aún más Mourinho y Pep, a la desesperada, colocaba a Alves de extremo y adelantaba a Piqué.  La suerte no le sonrío al de Santpedor, cansado de ganar y de no sufrir. Con el pitido final la lógica se iba por la borda, el Madrid ganaba un título después de cinco años y Mourinho resucitaba una sensación olvidada.

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Oda al fútbol en Nervión

El atractivo que genera el Barça cuando sale a escena es obvio, pero en el momento que choca contra un equipo que anhela tiempos pasados y mejores, el partido se convierte en una oda al fútbol, difícil de contemplar en un campeonato excesivamente bipolarizado. Las reminiscencias de un Sevilla herido en el orgullo se dejaron ver a través de una segunda parte excelsa, con Kanouté liderando a un equipo que no pasa por su mejor momento.

Muy pronto azotaban los contratiempos para el Barcelona. Pérez Lasa anulaba un gol legal a Messi y Pedro se lesionaba a los 16 minutos. Pep confiaba la enésima oportunidad a Bojan, prácticamente inédito durante el presente curso liguero. Con la posesión monopolizada por los culés y con un Sevilla encerrado en su propio campo, el guión se asemejaba al de la heroica frente al Arsenal. Los andaluces se reducían a treinta metros y el Barcelona tocaba a placer. Quemaba la pelota a los sevillistas, adoptándola el Barça y mimando su filosofía. Y es que cuando a Iniesta se le ocurre levantar la cabeza, las genialidades acechan. Y así lo hizo. El de Fuentealbilla picaba la pelota para habilitar a Alves, extremo más que lateral, y el brasileño cedía a Bojan, que marcaba a placer y rompía su sequía de tres meses sin ver puerta.

Poco o nada cambiaban las cosas a partir de entonces. Los culés seguían generando peligro a través de un Messi excesivamente egoísta y con Villa ausente. El asturiano , que no atraviesa su mejor momento, pasó absolutamente desapercibido. Fue entonces cuando el delantero argentino se elevaba para enviar al larguero un cabezazo magistral al que Javi Varas asistía como mero espectador. Con la primera mitad prácticamente concluída, Messi activaba las alarmas del barcelonismo al caer dolorido en un choque fortuíto con el portero sevillista. 

Kanouté se encargaría, en la segunda mitad, de resucitar a un Sevilla que se antojaba muerto. Y con tan solo  tres minutos transcurridos desde la reanudación, Negredo, en una sensacional pugna con Dani Alves, serviría escorado a un Navas que habilidosamente cabezeaba al fondo de las mallas. A partir de entonces, comenzó un choque de ida y vuelta, bonito, vibrante, vertical y con emoción. Las ocasiones se sucedían. El Barcelona evidenciaba una falta de mordida providencial para este tipo de batallas. Negredo y Navas pudieron adelantar a su equipo y Messi continuaba a su aire, de malabarista y chupón, pudiendo también sentenciar en jugadas imposibles propias de él mismo. La entrada de Perotti devolvió el esquema habitual al Sevilla, consciente de que sus alas suponen la mejor seña de indentidad de los hispalenses.

Le atacaba el orgullo al Barcelona y a cinco minutos del final, Iniesta se sacó un chut que hizo temblar la portería de Javi Varas y que  tan solo dos minutos después, el albaceteño enfilaba de nuevo la portería andaluza, viendo como Medel repelía el chut.

No pudieron hacer más dos equipos que evidenciaron un fútbol adictivo, inusual en los últimos tiempos. El Sevilla demostró un juego rabioso y el Barça, simplemente, fue el Barça. Nada más.

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Amargura, paciencia y fé

Carles Puyol estaba hundido. El partido que perfectamente bregó el Barça el martes suponía el choque ideal para él. Lucha, fuerza y épica se antojaban seguras. Lo cierto es que, probablemente, la noche de anteayer hubiese sido una de las más placenteras para el capitán culé. Sufría de lo lindo en la grada y sin pensar que sus dotes como filósofo estaban perfectamente encaminadas. Premonitoria resultó la frase con la que él mismo definió su inmensa decepción por no estar esa noche: “La paciencia es amarga, pero su fruto dulce”. Y la dulzura le llegó a su equipo cuando Busacca pitó el final de noventa y trés minutos cargados de paciencia, amargura y fé, mucha fé. 

El Barça demostró que tiene caparazón para muchos años. Los equipos que visitan el Camp Nou pocas veces tienen plan B. Le ocurrió al rácano de Wenger. Malabaristas como Nasri, Rosicky, Van Persie o Cesc no tuvieron otro remedio que vestirse con el mono de trabajo y bregar en la primera línea de combate. Pero el Barça aniquila con una profundidad exquisita. No importa que la línea del fuera de juego se sitúe cinco o diez metros fuera del área, o que Almunia tenga su noche. Eso sí, la paciencia para hilvanar jugadas lentas y duraderas solo la tiene el Barça.

La entereza también define a un Barça superlativo. Sobreponerse a un gol en propia meta y vislumbrar fantasmas de antaño no tiene que ser fácil. El espíritu de Mourinho sobrevolaba lentamente el Camp Nou, con un Wenger rebelde, con Van Persie expulsado y con un Arsenal extremadamente defensivo. Pero la amargura permite entrever, por una rendija muy pequeña, la luz de la felicidad. En ocasiones esa rendija es tan pequeña que los equipos pierde la fé. No le ocurre al Barcelona. Pep Guardiola, sufridor silencioso por su latosa hernia discal, se encarga de hacer esa rendija cada vez más grande a través de enormes brazadas de confianza. De mover las impenetrables montañas del Arsenal con ilimitadas cantidades de fé. De fallar ocasiones clamorosas y volver a intentarlo. De errar goles a puerta vacía y seguir insistiendo.

Así es este Barcelona, capaz de lo bueno y de lo extraordinario. De convertir lo injusto en  justo, de lograr encandilar al mundo del fútbol a través de la excelencia, tanto con los pies como con la mente. De hacer disfrutar a una afición que contará a sus generaciones venideras que tuvieron el privilegio de contemplar al mejor equipo de la historia.

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SOS REAL OVIEDO

Miguel L. Serrano.

Pulso las teclas con más rabia que nunca, como si jamás hubiera sentido tanta necesidad de escribir. Teclear tan fuerte es mi forma de llorar, la única manera que encuentro de describir mi desilusión. Mis dedos presionan las letras a toda velocidad tratando de encontrar consuelo. No lo veo, no existe. Tras estas frases se esconde un tipo harto y desencantado, cansado de esperar, exhausto de la información. Por primera vez en mucho tiempo, ya no quiero ninguna explicación más. Huyo de las versiones que tratan de darle sentido a todo lo sucedido. Estoy saciado de promesas demagógicas y ya nada me produce una mínimo de seguridad. No acepto más argumentos y, por sorprendente que parezca, me aburren hasta las noticias. Siento que la desgracia espera siempre al final de cada una. Irremediablemente.

No tengo ganas de seguir escarbando. Esta vez, noto que mi sentimiento circula por delante de mi profesión. No me sale contar qué pasa porque me da pena. Me esmero, aunque me cueste, en evitar plantearme qué ocurrirá. Hago esfuerzos por obviar el cómo, el cuándo y el por qué. El ayer es nostálgico y el mañana temeroso. Prefiero vivir en la incertidumbre del ahora porque, en esta situación, la duda enmascara pensamientos peligrosos. Me da miedo encontrar argumentos feos y sospechosos que me alumbren el final del camino. Quiero evitar pensar. No es cobardía, se trata de administrar el tiempo. Percibo que no hay tiempo para eso. ¿Para qué, pues, buscar la razón en un club repleto de contrasentidos?

No es momento de reflexionar. Ni de protestar. Ni de llorar. Para qué. Es hora de actuar, de rumiar la (penúltima) bofetada en silencio y de someterse a las necesidades del enfermo de forma gratuita, como siempre. Otra vez. El Oviedo se va, se desintegra peligrosamente en manos de unos tipos que pretenden negocio a costa de 84 años de historia. Nunca tuve tan cercana la sensación de que este equipo estuviera tan próximo a la descomposición definitiva.

La solera de la entidad luce desconsoladamente acuchillada como un muñeco de vudú. El equipo deambula en la absoluta mediocridad, la plantilla está lamentablemente ‘desasturianizada’, el puesto de entrenador es un mero refugio para un señor que (por deferencia hacia su ex entrenador) debió salir hace meses, muchos dirigentes tragan el marrón de continuar por obligación y el máximo accionista es un tipo sin escrúpulos, incapaz, en su día, de saber que el fútbol es incompatible con el negocio; y, ahora, lo suficientemente avaricioso y mezquino como para no aceptar su venta por unos cuantos euros de menos, apoyándose, además, en excusas tan aparentemente coherentes como nada creíbles. La figura de Alberto González está tan sumamente desgastada que resulta inevitable reírse (por hacer algo) de cualquiera de sus explicaciones.

El amago mexicano supuso el mayor soplo de oxígeno para el Oviedo en años y, a la vez, la mayor de las decepciones. Por muy desconocidas que fueran las manos aztecas, por muy dudosa que resultara su limpieza, la novedad creaba ilusión, dibujaba fantasías, disparaba la esperanza. Así que el inesperado gatillazo se barrunta como la llamada de urgencia definitiva. La Tercera División está lista para propinar la estocada decisiva, de hacer realidad la peor de las pesadillas.

El panorama es así de árido y desolador, lo suficientemente doloroso como para volver la mirada y gastar esfuerzos inútiles en pedir responsabilidades. Los culpables van sobrados de publicidad, así que no merece la pena nublarse ahora por su mísera gestión. Al Oviedo, afortunadamente, le sobra afición y, por el momento, dispone de tiempo. Son los únicos activos reales que le quedan, a la espera de algo mejor. No vale mirar atrás, ni pensar, ni gritar, ni regodearse en la injusticia. Sólo hay que actuar: escuchar al corazón y dejar brotar el oviedismo para darse cuenta de que el equipo implora más que nunca el apoyo de su hinchada. La marea azul debe volver a ser el suero que le mantenga con vida, debe hacer correr el problema para abrir la caja de las soluciones, debe acudir al estadio, arropar al equipo para que sienta sus fuerzas, que son muchas. Sólo por ahí se puede invertir el precipicio y comenzar nuevamente a escalar.

El presente, desgraciadamente, es tan poderoso que sólo demanda inmediatez. Es hora de actuar. No esperes. SOSREALOVIEDO.



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A ti, aficionado

Qué difícil es explicar la situación de un equipo en ruinas. Pero créanme, qué difícil es explicar el comportamiento de una afición de un equipo en ruinas. Tú, aficionado del Rácing, Murcia o Alavés, atento, toma nota, porque quizá el día de mañana tengas que obrar igual.

El significado de ‘masa social’ tiene infinitas lecturas. Unos lo atribuyen a los millones de aficionados que Barça o Madrid tienen alrededor del planeta, otros a sus abonados. Quizá a una manifestación cualquiera o a una reunión determinada. Pero no, querido aficionado, no van por ahí los tiros. Calla y atiende.

Masa social son las casi trece mil personas, fieles en el sentido puro de la palabra, dispuestos a morir por su pasión, que con su equipo viendo la muerte desde el más profundo de los comas, eliminaron a médicos negligentes, encabezados por un alcalde como jefe de servicio, de una bofetada y se pusieron, con sus manos, a salvarle la vida. No es ni un zombie, ni un muerto, ni ninguna de las barbaridades que se escuchan con asiduidad. Es un enfermo, grave, muy grave, que con años y años de rehabilitación las secuelas brillarán por su ausencia.

A ti, aficionado del Barcelona, Espanyol o Sevilla. Atiende. Ojalá no lo vivas en tus carnes nunca. Ojalá sigas disfrutando con tu Copa del Rey, con tu Champions o con Cristiano Ronaldo. Pero debes de saber que, afición son las veintiseis mil personas (te lo pongo en número para que te quede claro: 26.000) que llenaron un estadio para ver un partido de tercera división. ¿Escuchaste bien? ¿Te lo repito? Vale, no me cuesta nada: Veintiseis mil personas en tercera división.

A ti, forofo del Betis, Depor o Recreativo. Qué bonito es ver ganar a tu club en el Bernabéu ¿eh?. Seguramente no hayas ido nunca, o en contadas ocasiones, a ver a tu equipo más allá del Camp Nou. Coge un lápiz, aficionado, y apunta esto. Afición es acudir, domingo tras domingo a campos de tu propia comunidad, embarrados, lloviendo, nevando, granizando,pasando frío y aguantando y soportando insultos y vejaciones con un sólo deseo, que no es otro que ver a tu equipo fuera de allí cuanto antes, con la victoria debajo del brazo.

Esto también va por vosotros, aficionados del Atlético, Almería o Villarreal.  Qué alegría que disfrutéis de tener muchos, muchísimos socios en primera. De verdad, resulta muy gratificante que salgáis cabreados por quedar a mitad de clasificación o por no entrar en puestos europeos. Es buen síntoma. Pero atento. Afición supone tener más de 15 000 socios en la mísera tercera división, supone fracasar al subir y volver a tener otros 15 000. Significa ascender a Segunda B y tener otros 15 000. Y bajar, y subir, y volver a bajar. ¿Qué mas da? Siempre van a estar ahí.

Rosell, Florentino, millones y más millones. Pagan cláusulas, fichas estratosféricas. Les apoyan alcaldes, presidentes de su comunidad. Pero, ¿sabes qué? Se puede sobrevivir sin ello. Se puede salir adelante con dirigentes inútiles, con alcaldes asesinos y con presidentes sin escrúpulos. No pasa nada. Tú solo te bastas. Puedes con todo.

¿Has apuntado bien? Si algún día te ocurre algo así, pasa de este pequeño manual. Mejor vete a una ciudad del norte de España, capital del Principado de Asturias. Se llama Oviedo. Sube al barrio de La Ería, un domingo por ejemplo. Compra una entrada (y así contribuyes) y entra en un estadio llamado Carlos Tartiere. Comprueba, con tus ojos, que todo lo que te cuento, todo lo que te digo, es cierto como la vida misma. Saldrás convencido de que, si a tu equipo le pasa algo así y sigues los pasos que te conté anteriormente, sobrevivirás y contarás orgulloso, a tus nietos, que el equipo que están viendo en ese momento por la televisión lo salvaste tú, aficionado. Y comprobarás que tu obra es afición. El resto no importa.

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Esperpento blanco

Días convulsos se viven en el Santiago Bernabéu. Segundo año de Florentino a los mandos de la nave blanca y las cosas siguen igual. El esperpento que vive el Real Madrid este año es digno de observación, de profundo análisis.

Adebayor es la pieza que completa el puzzle de la crisis interna que vive el club. Mourinho juega sus cartas a la perfección. Filtra que se quiere ir en Junio y, sin embargo, cada día que pasa sus poderes aumentan exponencialmente. Florentino Pérez, hasta ahora defensor acérrimo de Jorge Valdano, ser superior donde los haya, comienza a humanizarse, está dubitativo, nervioso y preocupado. Cede constantemente a las pretensiones del portugués. Está dispuesto a pagar dos millones por un delantero que largó hace 1 año, se cree la bola de que Morata no está preparado para ilusionar a una afición cabizbaja y, para colmo, se gasta casi 100 millones en dos jugadores que ni están ni se les espera (Benzema + Kaka). 

Cuando Jose Mourinho aterrizó en la capital, todo el mundo asumía su contratación: “Hemos fichado a José con todas las consecuencias, tanto lo bueno como lo malo. Aceptamos su carácter”. Frases repetidas hasta la saciedad allá por Julio de 2010. Pues bien, un año después, la credibilidad del entrenador está en entredicho. Los títulos le respaldan, motivo evidente de que nadie levante la voz. Sin embargo, el anti-barça que muchos creían en Mou, la ilusión y esperanza que miles de madridistas tenían depositada en él se fue por el desagüe con aquel doloroso 5-0 en el Camp Nou.

A partir de entonces, Mourinho, consciente de que su crédito se esfumaba a marchas forzadas, decide agriar (aún más) su carácter, pelearse con la prensa, despreciar a colegas y lo que aún es más grave, hacer creer a todos los aficionados de un club señorial como el Madrid que los árbitros son los culpables de sus males deportivos.

La sangría institucional que el entrenador está provocando en el club merengue es peligrosamente adictiva, sobre todo para los aficionados. No comparto el “Mourinho muérete”, es una falta de respeto muy grave. Pero las cantidades que se manejan en los contratos de este tipo de gente incluye el soportar todo tipo de barbaridades. Y todo tipo incluye el “Mourinho muérete”. Como también incluye el estar presente en todas las ruedas de prensa previas a un partido. Como también respetar al equipo rival y a sus aficionados…

Pero no. Mou cada día manda más, hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere. Y Adebayor es el último ejemplo. Excremento del Manchester City, el togolés llega con un cartel deplorable. Deportivamente, suplente. Personalmente, conflictivo. Que me perdonen, pero no entiendo nada. Bueno sí, que Mou es el jefe.

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